viernes, 21 de septiembre de 2012

Muere Santiago Carrillo, los claroscuros de una trayectoria política



Nadie puede negar el protagonismo histórico que desde los años treinta del siglo pasado hasta la consolidación de la democracia ha tenido un personaje como Santiago Carrillo. O mejor dicho, sólo él ha sido capaz de negarlo o al menos de relativizarlo en aquellos episodios que representan claroscuros de la historia. Cuento sólo una anécdota de la que fui testigo. En octubre de 2004 coordiné el Congreso sobre la transición que se realizó en Valencia, en el marco de los Premis Octubre que cada año se organizan en la ciudad del Turia. Carrillo vino para hablar de la política del PCE durante la transición. A propuesta del organizador del evento, Eliseu Climent, una noche cenamos con él y su señora. Estábamos relativamente pocos en la mesa -seis o siete personas- y cuando a instancias de Climent surgieron a la palestra temas conflictivos, como los asesinatos de Trotski o de Nin y la represión contra el POUM, Carrillo habló de ellos con toda tranquilidad y naturalidad, como si hubiese sido mero espectador de la historia que relataba, sin implicaciones personales de ningún tipo. Dijo una frase, sin embargo, que me impactó considerablemente: "En los años treinta ningún militante comunista a quien se hubiese pedido que asesinase a Trotski se hubiese negado a hacerlo".
Ciertamente, desde su cargo de secretario general de las Juventudes Socialistas en los años treinta hasta que abandonó la secretaria general del PCE en 1982, y acabó siendo expulsado del partido en 1985, la carrera política de Carrillo ha estado teñida de acontecimientos conflictivos, acordes con una etapa dominada por la hegemonía del estalinismo en el seno del comunismo oficial y con los cargos que el propio Carrillo desempeñó a lo largo de su dilatada carrera. Sería prolijo detallar cada uno ellos. Pero desde una perspectiva de izquierdas es evidente que en el momento de hacer balance de su biografía no podemos olvidarnos de algunos de los más importantes. Y soy consciente de que lo más fácil sería culpar al estalinismo de ellos, pero es preceptivo no olvidarnos de que el estalinismo no hubiese existido sin estalinistas, y de que dentro del estalinismo no jugaba el mismo papel el militante de base que el dirigente con cargos de responsabilidad.
No quiero negar que Carrillo pasará a la historia -de hecho ya ha pasado- como el dirigente comunista que dirigió el PCE en una época crucial de la historia de España reciente, cuya contribución fue fundamental para la consolidación de la democracia: la transición que siguió a la muerte de Franco. Pero antes existió una etapa que también marcó la historia del movimiento obrero y la propia historia de España. Y el episodio de la represión contra el POUM durante la guerra civil, los asesinatos de Nin y de Trotsky y la política de calumnias que contra los movimientos comunistas heterodoxos siguió desarrollando el PCE durante muchos años forman parte también de la historia. Es cierto que el viraje "eurocomunista" que encabezó Carrillo a partir de los años 60, de acuerdo con los italianos, parecía poner un punto y aparte a esta historia, pero no deja de ser paradójico que durante los años de la transición, en pleno auge del eurocomunismo, al mismo tiempo que se defendían las virtudes de la democracia parlamentaria, -"de dictadura, ni la del proletariado" había dicho Carrillo- se seguía defendiendo la política que el PCE había seguido durante la guerra civil. Una política -quiero recordarlo- que pasaba por la defensa de la República pero también por el exterminio de los disidentes.
Tuvo que llegar el derrumbe de la Unión Soviética y la apertura de los archivos rusos para que la evidencia documental pusiera las cosas en su sitio. Algunos militantes comunistas, en este contexto, entonaron el mea culpa. Carrillo no. El documental Operación Nikolai (1992) sobre el asesinato de Nin puso las cosas en su sitio. Pero tuvo que llegar el nuevo siglo XXI, tuvieron que desarrollar sus tesis sobre la guerra civil los denominados revisionistas de derechas, para que en el seno de la izquierda se desarrollase también un revisionismo que retomaba las mismas ideas del estalinismo de los años treinta y cuarenta. Y además de leer en determinados libros de reputados historiadores justificaciones sobre la persecución del POUM y los asesinatos mencionados, Carrillo también acabó abonando las mismas ideas en algunas de sus intervenciones radiofónicas recientes. ¿Será que el estalinismo no estaba tan superado como algunos creíamos?
Existe otro episodio conflictivo: los asesinatos en Paracuellos del Jarama durante la Guerra Civil. Carrillo siempre negó su implicación, a pesar de ser Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. Cuando en diciembre de 2010 publiqué en la revista internacional de la Guerra Civil, que dirijo, el artículo de Paul Preston sobre las matanzas de Paracuellos, en el que se volvía a hacer hincapié en el papel de Carrillo, el revuelo mediático fue enorme. Pero Carrillo siguió negándolo todo.
Sin embargo, Carrillo -paradojas de la historia- lleva años siendo uno de los defensores más acérrimos de la actual monarquía y de la figura del rey. Y en este punto no quiero obviar las renuncias que tuvo que hacer el PCE encabezado por Carrillo durante la transición: el sacrificio de la añorada República, los valores republicanos, principios básicos como el derecho a la autodeterminación de los pueblos, que habían defendido hasta la vigilia. En fin, una larga lista de aspectos que hoy, en la muerte de Santiago Carrillo, muchos olvidarán. Pero que es preceptivo recordar si queremos ser objetivos y poner en cada plato de la balanza los activos y los pasivos de una trayectoria, que indudablemente ya forma parte de la historia.
Pelai Pagès es catedrático de la Universitat de Barcelona
http://www.publico.es/espana/442535..

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